Viajar no significa desplazarse de un lado a otro tratando de huir de la monotonía de permanecer en la misma rutina día tras día; viajar significa encontrarse en un lugar determinado para ahí descubrir un "yo diferente" sumergido en las experiencias que este espacio tiene preparado para quienes lo visiten.
Es entonces que comienzo con mi primer relato en un lugar muy conocido para mí, y es que este es el lugar en el que he vivido los últimos quince años de mi vida, una pequeña ciudad en la que la vida comienza desde temprano a adoptar el ritmo de vida de los casi quinientos mil habitantes con los que cuenta.
Entro en un edificio notablemente antiguo, lo sé porque sus colores no son los mismos a lo largo y ancho de sus enormes muros, la cantera se nota llena de remaches en algunos puntos. La temperatura se siente diferente, como si fueran dos espacios independientes, aislados el uno del otro.
A lo lejos distingo una paleta de llamativos colores al fondo mezclados para crear lo que podría llamar arte en movimiento; y es que lo primero que llamo mi atención fue la persona utilizando esos colores: Jinna.
Jinna es todo un personaje, y lo digo en el mejor sentido de la palabra, pues cada frase que emana de su boca viaja a través del viento y se transforma en una sonrisa en el rostro de todos los que tenemos la dicha de conocerla.
Jinna no sólo habla español, también domina el lenguaje del humor negro mexicano, pero de aquel humor dicho con simpatía, de aquel que lejos de ofender, causa gracia, que te hace sentir como en casa.
La mesa estaba puesta justo a mitad del emblemático lugar y es que no sólo conoceríamos a Jinna, sino que seríamos sus alumnos de telar de cintura, una técnica artesanal de creación de piezas textiles muy popular en el Estado de Guanajuato y que Jinna replica en la ciudad de Celaya.
Al ver a Jinna manipular con tanta gracia y tanta delicadeza como sus manos llenas de callos le permitían el telar amarrado a la parte baja de su espalda, no pude evitar pensar en mi abuela y en todas las mujeres que en años pasados tenían la capacidad de transformar algo tan básico como el hilo o la tela en piezas dignas de presumirse, y me pregunté ¿en qué momento dejamos de preferir lo artesanal por lo industrial? ¿cuándo se volvió más bello un suéter con una marca enorme al frente que un reboso tejido a mano?
En el taller de Jinna no sólo aprendí a elaborar una muñeca de trapo, también entendí el verdadero valor de las piezas artesanales, comprendí que en cada pieza hecha a mano que adquirimos no sólo compramos el producto sino que nos llevamos a casa el tiempo, el cariño, el esfuerzo y un pedacito del alma de quien elabora esa pieza.
Mi admiración y reconocimiento van para esta artesana, mexicana y orgullosamente celayense.


excelente entrada, gracias por compartir tan valiosa información y podamos descubrir las maravillosas historias de la Ciudad
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